La cabeza y el corazón siguen de vacaciones, mientras que la presencia física ya está sentada en el trabajo. Y esta presencia física no está nada presentable. El aspecto saludable de las vacaciones ha desaparecido y las ojeras nos delatan. La noche anterior a la vuelta al trabajo exprimes hasta el último segundo de las vacaciones. Nos entra ansiedad coleccionista, aumentan las matrículas del gimnasio y las peticiones de divorcio. Un verdadero desastre…
La rutina diaria puede parecer terrible si la comparas con las vacaciones. Pero si observas esta rutina con detenimiento, dibujando las situaciones y los personajes que la realidad nos brinda, te puede funcionar como la mejor terapia contra el síndrome postvacacional.
Mirar en profundidad lo que nos rodea y dibujarlo, por muy absurdo que nos parezca, es una forma de modificar la sensación de uniformidad y pesadez que nos produce el retorno a los horarios, obligaciones, etc… Y aunque se nota el desánimo general de la gente, esta semana he visto situaciones en el transporte público que me hacen seguir creyendo que cada día tiene un color diferente.






